domingo, 2 de febrero de 2014

QUÉ ES LA LITERATURA.



¿QUÉ ES LA LITERATURA?



         Ya sabemos que la literatura se define como un arte cuyo material son las palabras y su finalidad principal es la de proporcionar placer de naturaleza estética. Además es un acto de comunicación (emisor: autor; mensaje: obra literaria; receptor: lector, etc.) Por otro lado es un producto histórico-social y cultural, puesto que toda obra literaria es consecuencia de la época y las circunstancias históricas en que se escribe y es, además, la transmisora de la tradición y la cultura de una comunidad. A la hora de abordar la historia de la literatura hemos de tener en cuenta dos factores que condicionan toda obra literaria: tradición e innovación. La primera es la herencia (lengua, temas, estilo, sentimientos, etc.) que el autor recibe; la innovación es la aportación personal de éste, que hace que su obra se original frente a otras existentes.



         Todo ello lo estudiamos en los diferentes cursos de la ESO y el Bachillerato. Nos vamos adentrando paulatinamente en el código específico de lo literario y así comprendemos lo que el creador nos quiere comunicar. Pero la literatura no es sólo una asignatura más de la enseñanza reglada. La literatura, si queremos, puede acompañarnos toda nuestra vida, al margen de la profesión que elijamos (fontanero, médico, ingeniero, albañil, azafata, ama de casa...) La literatura es una fuente inagotable de placer en la que podemos beber para alimentar nuestras inquietudes, de la que podemos extraer enseñanzas para nuestro día a día, en la que podemos proyectar nuestros sueños, realizar nuestras fantasías más ocultas; la literatura es un inmenso mar de posibilidades de conocer y conocernos (ventana y espejo); La literatura se nutre de la vida y realiza el milagro de transformar el mundo en algo más acorde con nuestros deseos. La literatura, al fin, puede ayudarnos a ser más libres, y a vivir la vida más intensamente. Y ¿acaso a ser más felices?

        

         Te invito a que reflexiones con la lectura de algunos fragmentos extraídos de un espléndido ensayo –basado principalmente en el género narrativo- de uno de los grandes escritores contemporáneos: La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa.

I




         “En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo. (...) No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. (...) En esos sutiles o groseros agregados a la vida en los que el novelista materializa sus secretas obsesiones- reside la originalidad de una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, los oscuros demonios que los desasosiegan.”



         “La vida real fluye y no se detiene, es inconmensurable, un caos en el que cada historia se mezcla con todas las historias y por lo mismo no empieza ni termina jamás. La vida de la ficción es un simulacro en el que aquel vertiginoso desorden se vuelve orden: organización, causa y efecto, fin y principio. (...) Ese orden es invención, un añadido del novelista, simulador que aparenta recrear la vida cuando en verdad la rectifica. A veces sutil, a veces brutalmente, la ficción traiciona la vida, encapsulándola en una trama de palabras que la reducen de escala y la ponen al alcance del lector. Éste puede, así, juzgarla, entenderla, y, sobre todo, vivirla con una impunidad que la vida verdadera no consiente.”

         “¿Qué diferencia hay entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia? ¿No están compuestos ellos de palabras? (...) La respuesta es: se trata de sistemas opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. (...) la verdad de la novela depende de su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque “decir la verdad” para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y “mentir” ser incapaz de lograr esa superchería. La novela es un género amoral, o, más bien, de una ética sui generis, para la cual verdad o mentira son conceptos exclusivamente estéticos.”

         Pero “la ficción no es una fabulación gratuita” (...) “hunde sus raíces en la experiencia humana, de la que se nutre y a la que alimenta. Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas la describen. Los libros de caballerías queman el seso a Alonso Quijano y lo lanzan por los caminos a alancear molinos de viento y la tragedia de Emma Bovary no ocurriría si el personaje de Flaubert no intentara parecerse a las heroínas de las novelitas románticas que lee. Por creer que la realidad es como pretenden las ficciones, Alonso Quijano y Emma sufren terribles quebrantos. ¿Los condenamos por ello? No, sus historias nos conmueven y nos admiran: su empeño imposible de vivir la ficción nos parece personificar una actitud idealista que honra a la especie. Porque querer ser distinto de lo que se es ha sido la aspiración humana por excelencia.”

         “Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción nos vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones. (...) Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones: las mentiras que somos, las que nos consuelan y desagravian de nuestras nostalgias y frustraciones.”

[...]

         “La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos; a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación. (...) Es comprensible, por ello, que los regímenes que aspiran a controlar totalmente la vida, desconfíen de las ficciones y las sometan a censuras. Salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad.”



II



         “Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos” escribió Valle Inclán.” (...) “Para casi todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía, el trampolín que dispara la imaginación en su vuelo impredecible hacia la ficción. Recuerdos e invenciones se mezclan en la literatura de creación de manera a menudo inextricable para el propio autor, quien, aunque pretenda lo contrario, sabe que la recuperación del tiempo perdido que puede llevar a cabo la literatura es siempre un simulacro, una ficción en la que lo recordado se disuelve en lo soñado y viceversa.”

[...]

         “Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas.” (...) “Porque la vida real, la vida verdadera, nunca ha sido ni será bastante para colmar los deseos humanos.” (...) Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros apetitos desmedidos: la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos

[...]

         “Jugar a las mentiras, como juegan el autor de una ficción y su lector, a las mentiras que ellos mismos fabrican bajo el imperio de sus demonios personales, es una manera de afirmar la soberanía individual y de defenderla cuando está amenazada; de preservar un espacio propio de libertad, una ciudadela fuera del control del poder y de las interferencias de los otros, en el interior de la cual somos de veras los soberanos de nuestro destino.” (...) Lo que somos como individuos y lo que quisiéramos ser y no pudimos serlo de verdad y debimos por lo tanto serlo fantaseando e inventando –nuestra historia secreta- sólo la literatura lo sabe contar. Por eso escribió Balzac que la ficción era “la historia privada de las naciones.”

     

La literatura y la vida



         “Quisiera formular algunas razones contra la idea de la literatura como un pasatiempo de lujo y a favor de considerarla, además de uno de los más enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irremplazable para la formación del ciudadano de una sociedad moderna y democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica.” (...) “Se aprende a hablar con corrección, profundidad, rigor y sutileza, gracias a la buena literatura, y sólo gracias a ella. Ninguna otra disciplina, ni tampoco rama alguna de las artes, puede sustituir a la literatura en la formación del lenguaje con que se comunican las personas.” (...) “Hablar bien, disponer de un habla rica y diversa, encontrar la expresión adecuada para cada idea o emoción que se quiere comunicar, significa estar mejor preparado para pensar, enseñar, aprender, dialogar, y, también, para fantasear, soñar, sentir y emocionarse.” (...) “En lo relativo al amor, sublimó los deseos y dio categoría de creación artística al acto sexual. Sin la literatura, no existiría el erotismo. El amor y el placer serían más pobres, carecerían de delicadeza y exquisitez, de la intensidad que alcanzan educados y azuzados por la sensibilidad y las fantasías literarias. No es exagerado decir que una pareja que ha leído a Garcilaso, a Petrarca, a Góngora y a Baudelaire ama y goza mejor que otra de analfabetos semiidiotizados por los programas de la televisión. En un mundo aliterario, el amor y el goce serían indiferenciables de los que sacian a los animales, no irían más allá de la cruda satisfacción de los instintos elementales: copular y tragar.”

[...]

        “La buena literatura, a la vez que apacigua momentáneamente la insatisfacción humana, la incrementa, y, desarrollando una sensibilidad crítica inconformista anta la vida, hace a los seres humanos más aptos para la infelicidad. (...) Esto es probablemente cierto; pero también lo es que, sin la insatisfacción y la rebeldía contra la mediocridad y la sordidez de la vida, los seres humanos viviríamos todavía en un estadio primitivo, la historia se hubiera estancado, no habría nacido el individuo, ni la ciencia ni la tecnología hubieran despegado, ni los derechos humanos serían reconocidos, ni la libertad existiría, pues todos ellos son criaturas nacidas a partir de actos de insumisión contra una vida percibida como insuficiente e intolerable. Para este espíritu que desacata la vida tal como es, y busca, con la insensatez de un Alonso Quijano, cuya locura, recordemos nació de leer novelas de caballerías, materializar el sueño, lo imposible, la literatura ha servido de formidable combustible.”

         “Hagamos un esfuerzo de reconstrucción histórica fantástica, imaginando un mundo sin literatura, una humanidad que no hubiera leído poemas ni novelas.” (...) Habría locos, víctimas de paranoias y delirios de persecución, y gentes de apetitos descomunales y excesos desaforados, y bípedos que gozarían recibiendo o inflingiendo dolor, ciertamente. Pero no habríamos aprendido a ver detrás de esas conductas excesivas, en entredicho con la supuesta normalidad, aspectos esenciales de la condición humana, es decir, de nosotros mismos, algo que sólo el talento creador de Cervantes, de Kafka, de Rabelais, o de Sade nos reveló. Cuando apareció el Quijote, los primeros lectores se mofaban de ese iluso extravagante, igual que los demás personajes de la novela. Ahora,  sabemos que el empeño del Caballero de la Triste Figura en ver gigantes donde hay molinos y hacer todos los disparates que hace es la más alta forma de la generosidad, una manera de protestar contra las miserias de este mundo y de intentar cambiarlo. Las nociones mismas de ideal y de idealismo, tan impregnadas de una valencia moral positiva, no serían lo que son valores diáfanos y respetables, sin haberse encarnado en aquel personaje de novela con la fuerza persuasiva que le dio el genio de Cervantes. Y lo mismo podría decirse de ese pequeño quijote pragmático y con faldas que fue Emma Bovary, que luchó también con ardor por vivir esa vida esplendorosa, de pasiones y lujo, que conoció por las novelas y que se quemó en ese fuego como la mariposa que se acerca demasiado a la llama. Como las de Cervantes y Flaubert, las invenciones de todos los grandes creadores literarios, a la vez que nos arrebatan a nuestra cárcel realista y nos llevan y traen por mundos de fantasía, nos abren los ojos sobre aspectos desconocidos y secretos de nuestra condición, y nos equipan para explorar y entender mejor los abismos de lo humano. Decir “borgiano” es inmediatamente despegar de la rutinaria realidad racional y acceder a una fantástica, rigurosa y elegante construcción mental, casi siempre laberíntica, impregnada de referencias y alusiones librescas, cuya singularidad no nos es, sin embargo, extraña, porque en ella reconocemos recónditas apetencias y verdades íntimas de nuestra personalidad que sólo gracias a las creaciones literarias de un Jorge Luis Borges tomaron forma. El adjetivo kafkiano viene naturalmente a nuestra mente, (...) cada vez que nos sentimos amenazados, como individuos inermes, por esas maquinarias opresoras y destructivas que tanto dolor, abusos e injusticias han causado en el mundo moderno: los regímenes autoritarios, los partidos verticales, las iglesias intolerantes, las burocracias asfixiantes. (...) El adjetivo “orwelliano”, alude a la angustia opresiva y a la sensación de absurdidad extrema que generan las dictaduras totalitarias del siglo XX, las más refinadas, crueles y absolutas de la historia, en su control de los actos, las psicologías y hasta los sueños de los miembros de una sociedad.”

[...]

         “La irrealidad y las mentiras de la literatura son también un precioso vehículo para el conocimiento de verdades profundas de la realidad humana.” (...) La literatura, no la ciencia, ha sido la primera en bucear las simas del fenómeno humano y descubrir el escalofriante potencial destructivo y autodestructor que lo conforma.” (...)

         “Incivil, bárbaro, huérfano de sensibilidad y torpe de habla, ignorante y ventral, negado para la pasión y el erotismo, el mundo sin literatura de esta pesadilla que trato de delinear tendría, como rasgo principal, el conformismo, el sometimiento generalizado de los seres humanos a lo establecido. Sería un mundo animal. Los instintos básicos decidirían las rutinas cotidianas de una vida lastrada por la lucha por la supervivencia, el miedo a lo desconocido, la satisfacción de las necesidades físicas, en la que no habría cabida para el espíritu y en la que, a la monotonía aplastadora del vivir, acompañaría como sombra siniestra el pesimismo, la sensación de que la vida humana es lo que tenía que ser y que así será siempre, y que nada ni nadie podrá cambiarlo. Cuando se imagina un mundo así, hay la tendencia a identificarlo de inmediato con lo primitivo y el taparrabos, con las pequeñas comunidades mágico-religiosas que viven al margen de la modernidad en América Latina, Oceanía y África.”

[...]

         “Si queremos evitar que con la literatura desaparezca, o quede arrinconada en el desván de las cosas inservibles, esa fuente motivadora de la imaginación y la insatisfacción, que nos refina la sensibilidad y enseña a hablar con elocuencia y rigor, y nos hace más libres y de vidas más ricas e intensas, hay que actuar. Hay que leer los buenos libros, e incitar y enseñar a leer a los que vienen detrás, como un quehacer imprescindible, porque él impregna y enriquece a todos los demás.”



         Profesora: Carmen Alonso González.

         Extractos del Ensayo: La verdad de las mentiras. Mario Vargas Llosa. Ed. Alfaguara. Barcelona 1990 y 2003 (edición revisada por el autor.)        



jueves, 30 de enero de 2014

FUNCIONES DEL LENGUAJE

Aquí tienes un ejercicio práctico de cómo responder la pregunta: FUNCIONES DEL LENGUAJE



CADA VEZ SON MÁS
Cada vez son más los españoles, los turistas, los automovilistas, los que sean. Cada vez son más los que hacen esto a lo otro. Cada vez son más. ¿Les suena la frase? Se ha convertido en un latiguillo en el comienzo de muchas informaciones televisivas. ¿No se han fijado? Pues fíjense. Cada vez son más los que compran, los que prefieren […], los que eligen tal cosa o tal otra.
Cuando cada vez son más los que hacen algo, ese algo adquiere carta de naturaleza, se convierte en modelo, ejemplo y tendencia que consagrará una transformación. Los cambios, las transformaciones, los nuevos usos y costumbres se fijan por agregación, por el incremento cuantitativo, por la suma, por la incorporación de más y más individuos a una práctica colectiva. Se necesita de una masa de practicantes para levantar acta de la existencia de un hábito […].
Eso es de cajón, pero llama la atención lo poco que cuentan los menos. Las minorías en cualquier ejercicio se vuelven invisibles desde el momento en que el radar solo registra los aumentos […]. Los pocos no marcan tendencia salvo cuando se incorporan a los que cada vez son más. Las minorías no suscitan atención y en consecuencia, cada vez son más los que no quieren integrar el grupo de los menos. Nadie les hace caso, nadie se ocupa de ellos, nadie les propone nada, salvo que entren en el redil de la masa…
Es intrigante conocer las razones de por qué todo el mundo quiere ser, en verdad, todo el mundo y hacer lo que hace todo el mundo. La gran paradoja consiste en que nuestro afán por reivindicar nuestra singularidad es directamente proporcional a la facilidad con la que fatalmente nos acabamos integrando en los rasgos generales.
Estas razones no son tan misteriosas y se resumen en una: el miedo a quedarse descolgado. Si no participas de la corriente dominante quedarás descartado, serás inutilizado, aparecerás en el desierto ¿Qué podrá hacer en su futuro profesionalmente un muchacho que no sepa inglés, no conduzca, no maneje el ordenador y no tenga un móvil: […]. Nunca se reflexionará sobre las ventajas intrínsecas de adoptar un comportamiento o sumarse a una tendencia. No vale la pena. Basta con saber que las desventajas de no estar con los que cada vez son más llevan a la autoeliminación.
Texto adaptado. Manuel Hidalgo, www.elmundo.es , 07-12-2004




Este texto de opinión contiene las seis funciones del lenguaje, aunque no tienen igual relevancia en el texto.
La función representativa o referencial se encuentra en todo lo que supone transmisión de información objetiva, como es el hecho de que las minorías son cada vez más ignoradas frente al protagonismo social de las mayorías. Vemos esta función en expresiones como: “Cuando cada vez son más los que hacen algo, eso adquiere carta de naturaleza” (L.6) o “Las minorías no suscitan atención” (L.15). Para esta función emplea la tercera persona gramatical y el modo indicativo (el de la realidad y objetividad); así como la presencia de un léxico denotativo.
La función expresiva o emotiva es importante porque el autor nos está dando su opinión, a la vez que manifiesta una actitud crítica hacia una tendencia social creciente que nos anula como individuos y nos convierte en “rebaño”. Aunque no utiliza la primera persona gramatical, ni la modalidad exclamativa (o sea frases exclamativas), ni interjecciones, ni el subjuntivo con valor optativo, ni sufijos afectivos. La opinión y el sentir del emisor es patente en todo el texto, de principio a fin. Así lo vemos en expresiones cargadas de subjetividad, que manifiestan opinión, sentimiento o actitud hacia lo que expone, como “Esto es de cajón” (frase hecha, L. 12); “No vale la pena” (L. 28), “Basta con saber…” (L. 28); también se observa en el uso de adjetivos calificativos valorativos o participios metafóricos (se subrayan) como: “Es intrigante conocer…” (L. 19), “quedarse descolgado” (Ls. 23-24), “quedarás descartado” (L. 24), “serás inutilizado” (Ls. 24-25); o en sustantivos en sentido figurado, esto es, con carga connotativa negativa, despreciativa, al referirse a las mayorías como “masa” (Ls. 9 y 18), o “redil” (L. 17).
También se aprecia la función expresiva en la alteración del orden lógico de la oración, al comienzo del primer y el segundo párrafo “Cada vez son más…” (L. 1), “Cuando cada vez son más…” (L. 6), en los que el complemento circunstancial y el nexo adverbial respectivamente, se colocan en primer lugar para resaltar el tema del texto: La mediocridad a la que se adscribe con facilidad la mayoría, o la fuerza de las mayorías, o la autoeliminación de las minorías. En el penúltimo párrafo también comienza la enunciación con el predicado: “Es intrigante conocer…” (L. 19).
La función apelativa o conativa, de igual importancia que la anterior, está en este texto de manera explícita o manifiesta, con la intención de convencer al lector de sus ideas, de reprochar la tendencia de incorporarnos a la corriente dominante a cambio de perder nuestra personalidad. Las formas lingüísticas en las que se manifiesta esta función son variadas: interrogativas directas: “¿No se han fijado?” (L. 4); imperativos: “fíjense” (L. 4); expresiones propiamente apelativas, como “llama la atención” (L. 12); o la interrogativa retórica (contiene la respuesta pero intenta llamar la atención implicando al lector para que asienta con las palabras del emisor): “¿Qué podrá hacer en su futuro profesional un muchacho que no sepa inglés, no conduzca…?” (Ls. 25-26).
La función fática o de contacto puede verse en la interrogativa directa “¿Les suena la frase?” (L. 2). Esta interrogativa equivale a esas “muletillas” que van al final de las enunciaciones (“¿no?”, “¿verdad?”) y que el emisor utiliza para asegurarse de que la comunicación con el receptor no se ha roto (no se excluye, tampoco, una finalidad apelativa de llamar la atención del receptor sobre esa frase clave).
La función poética o estética, sin ser un texto literario está muy presente. En ese afán de hacer más atractivos los mensajes y de darles más expresividad, haciendo uso de variados recursos expresivos lingüístico-literarios. Así pues, contribuye a esta función la mezcla de registros lingüísticos (dos en este caso) contrapuestos: el culto en general, y el coloquial o coloquial-familiar. Al primero pertenecen expresiones  como: “ese algo adquiere carta de naturaleza y se convierte en modelo” (Ls. 6 y7), “las transformaciones… se fijan por agregación, por el incremento cuantitativo” (Ls. 8-9), “Se necesita de una masa de practicantes para levantar acta de la existencia de un hábito” (Ls. 10-11), “el radar sólo registra los aumentos” (Ls. 13-14), “Las minorías no suscitan atención y, en consecuencia, cada vez son más… menos” (Ls. 15-16), “La gran paradoja… reivindicar nuestra singularidad” (Ls. 20-21) “directamente proporcional” (L. 21) “fatalmente” (L.22), “Nunca se reflexionará sobre las ventajas intrínsecas de adoptar un comportamiento” (Ls.27-28), “autoeliminación” (L. 29). Al registro coloquial, en cambio, corresponden ejemplos como: “los que sean”, frase imprecisa (L. 1); “latiguillo”, diminutivo familiar irónico (L. 3)[i]; Pues fíjense”, muletilla introductoria propia de la conversación, usada como refuerzo (L. 4); o “No vale la pena”, frase hecha (L. 28).